Lo personal es político

Alessandra Troncone
Marzo 28, 2025
"Biopolitical dissection 1, the Young girl as compact ideological device.", 2018. Joan Pallé. Fotografía cortesía de Roberto Ruiz
"Biopolitical dissection 1, the Young girl as compact ideological device.", 2018. Joan Pallé. Fotografía cortesía de Roberto Ruiz

Recientemente, gracias a algunas lecturas selectivas, me he cruzado varias veces con el eslogan «Lo personal es político», un lema feminista popular en la segunda mitad de los años sesenta, que luego fue el título de un ensayo de Carol Hanisch en 1970. Aunque perfectamente enmarcada en las protestas de aquellos años, me gustaría intentar sacarla de su contexto específico y utilizarla como punto de partida para una reflexión personal sobre la relación entre arte y política, tal y como me pidió Miguel Ángel, a quien agradezco esta invitación.

 

Los artistas siempre se han limitado a transformar una visión personal del mundo en un discurso posible que se expande para abordar temas compartidos: el paso de lo individual a lo colectivo, de lo subjetivo a lo universal, es lo que da fuerza a la práctica artística en todas las épocas. En ese sentido, el arte ya es íntimamente político, es decir, la raíz política del arte no hay que buscarla en la especificidad de ciertos temas o discursos, sino en su postura real que recupera el significado mismo de la palabra “político”, insistiendo especialmente en su dimensión pública. Siempre a partir de los años setenta, podríamos decir con Lucy Lippard -en diálogo con Yvonne Rainer- que el acto artístico es en sí mismo un acto político: “Y entonces se convierte en algo político, aunque el arte en sí no tenga una temática directamente política. Concienciar a los demás es un acto político.” [Lucy Lippard, From the Centre. Feminist essays on women's art, New York 1976]

 

En mi opinión, el arte se vuelve más político cuando transfigura al sujeto directamente político; esto es posible precisamente gracias a las narraciones autobiográficas en las que la centralidad de los artistas y su experiencia se toman como modelo posible y se convierten en objeto de un intercambio útil para suscitar preguntas y reacciones. Pienso, por ejemplo, en la artista visionaria Carol Rama (1918-2015), quien fue capaz de partir de su propia historia de vida para transformarla en denuncia, concienciación y mensaje social. Sus dibujos, tan provocativos que fueron censurados en su primera exposición individual en la Faber gallery en Turín en 1945, son, en efecto, fragmentos de un inconsciente explotado, pero consiguen encarnar alguna verdad absoluta. En el proceso que trazan de un territorio privado a otro público, funcionan como ganzúa para sugerir una hipótesis de cambio y transformación a un nivel más amplio.

 

Como bien indica el ejemplo de Carol Rama, el cuerpo es político. Lo que es más personal, individual, específico, se convierte, en el trabajo de muchos artistas, una superficie donde inscribir mensajes fuertemente socio-políticos, desde las reivindicaciones feministas de los años setenta, hasta las más recientes de la comunidad LGBTQ+, y no sólo estas. Hablar de uno mismo, a través del propio cuerpo, es ser político, aunque sin adoptar el lenguaje de la política.

 

Desde este punto de vista, el arte está alejado del activismo y considero que esta separación es necesaria; aunque el objetivo común fuera remover conciencias y dirigir decisiones, los lenguajes no pueden solaparse precisamente porque el arte tiene -y debe mantener- la capacidad de transfigurar el dato real, leerlo a través de un enfoque poético y dejar abierta la posibilidad de interpretar el mensaje según la sensibilidad propia. Una artista como Nan Goldin, primera clasificada en la lista Art Review's Power 100 en 2023, encarna exactamente esa diferencia: por un lado The Ballad of Sexual Dependency una vez más representa ‘lo personal convirtiéndose en político’, dando voz a un diario visual a través del lenguaje del arte; por otro lado, sus acciones en museos y declaraciones públicas atacan objetivos precisos, recurriendo a un vocabulario y decisiones visuales diferentes.

 

Al referirse sólo indirectamente a hechos o acontecimientos políticos, creo que el arte es político en el modo en que interroga al mundo, estimulando preguntas, atravesando libremente el espacio y el tiempo, cortocircuitando lo privado con lo público. En una época como la nuestra en la que la relación entre política e ideología parece irremediablemente comprometida, los artistas no ofrecen soluciones -algo que seguimos esperando de los gobiernos-, sino una mirada diferente, capaz de ayudarnos a navegar por la complejidad de la realidad trazando nuevas trayectorias capaces de conectar la conciencia individual con la colectiva.

 

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Alessandra Troncone es historiadora del arte, comisaria y doctora en Historia del Arte. Actualmente es profesora de Historia del Arte en la academia de Bellas Artes en Nápoles y comisaria de la 18ª edición de La Quadriennale di Roma en 2025. Desde 2018 es la cofundadora y codirectora artística de Underneath the Arches, programa de arte contemporáneo que tiene lugar en el yacimiento arqueológico del Acquedotto Augusteo del Serino en Nápoles. En 2019 co-comisarió la 12ª Kaunas Biennale en Lituania. Sus proyectos curatoriales han tenido lugar en varias instituciones y galerías de arte, como el Madre Museum de Nápoles, la Galería Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Roma, la Fondazione Arnaldo Pomodoro de Milán, la Fondazione Morra de Nápoles e Izolyatsia de Kiev. Es autora y editora de varios artículos y ensayos en revistas de arte, publicaciones académicas, libros y catálogos. Es miembro de IKT -Asociación Internacional de Comisarios de Arte Contemporáneo.