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Chus García-Fraile   15.09.2006 - 28.10.2006

 

El trabajo deChus García-Frailese sitúa en « la contemporaneidad », a tenor de sus palabras, y puede confirmarse que ésa sea la característica general en toda su obra desde 1990. En ese sentido hay una constante relectura por parte de la artista del tejido simbólico de nuestras sociedades de masas; y del mismo modo, una actualización de los símbolos sociales envuelta en un sucesivo diálogo con la sociedad. Ya sea partiendo de un pop extremadamente colorista y figurativo que discurriría desde las suelas de zapatillas deportivas y los tapacubos hasta las latas de conserva y las cajas de bombones hiperrealistas, como haciendo emerger desde el fondo de una vidriera gótica el logotipo delirante de una marca comercial, mezcla de religión y de consigna publicitaria, el efecto de cercanía con el presente parece mantenerse más o menos constante en su obra. De modo que si la inversión semiótica de los símbolos constituye uno de los ejercicios contemporáneos más saludables, en esa actividad  la artista parece poseer gran precisión. Podríamos destacar algunos interesantes recursos estéticos de transformación simbólica, como por ejemplo sus intervenciones de estilo land-art: la implantación del código de barras en la playa de Voramar; o el proyecto de los post-it en monumentos emblemáticos de la ciudad de Madrid. En todos ellos persiste una tendencia a hacer emerger lo pequeño, lo imperceptible o lo que nos envuelve (vestido de superficialidad y de obviedad), hacia la visibilidad y la relectura simbólica. 

 

En general, el agente ideológico al que parece dirigir normalmente su atención es la publicidad, a sus efectos de construcción del mundo. Pues bien, esa ideología actual ya no se apoya exclusivamente en la repetición del nombre o de la imagen de un producto, sino en la reconstrucción del modo de vida asociado a ellos. El mundo contemporáneo esta impregnado de una ideología de novedad, de diferenciación por diferenciación, de culto al cambio por el cambio, de fetichización de los objetos, y no sólo de su consumo, sino también de la imagen asociada a ellos. Por eso, si en la actualidad hay un objeto fetichizado por antonomasia, un continente de todos los objetos, éste sería la vivienda, más incluso que el automóvil. Nuestro presente es el del refugio, más que el de la libertad, motivo por el cual el lugar de residencia es el fetiche que genera las mayores ensoñaciones simbólicas: el objeto más caro y preciado. En la representación de la vivienda surgen todos los deseos y todos los fantasmas, aparecen todos los prejuicios y todos los síntomas de nuestras relaciones íntimas y sociales. En esta ocasión,Chus García-Fraileha escogido el objeto más difícil y grave, el espacio edificado, hasta el punto no sólo de resimbolizar su imagen, sino de poner precio al resultado, gastándonos una broma sobre el valor monetario que tienen las ilusiones, los miedos o los simples sueños con que imaginamos el hábitat.  

 

 

En esta ocasión, la carga conceptual de la artista es predominante, pues el efecto visual se multiplica hasta alcanzar el ámbito de la sorpresa y de lo onírico. Tal vez por eso los edificios de SE VENDE tienen aspecto de esqueleto, esquema o sueño, y no están exentos de nostalgia, neblina onírica, destello, angustia o tensión. Suponen la devolución a la sociedad de la imagen del objeto por antonomasia, transformado por la experiencia íntima de la retina y la mano deChus García-Fraile, en un proceso que parte de la fotografía digital hasta el pincel, pasando por la proyección luminosa en gran formato de un mito inmobiliario que aparece transformado entre luces y sombras, a decir verdad, en el interior de un calidoscopio de ellas.

Desde el punto de vista formal, la artista sigue jugando con colores puros y diferenciados. La similitud de algunas de sus imágenes con tubos de neón convierte algunos de sus edificios esquemáticos en edificios anuncio, objetos de deseo palpitantes. Otros son esquemas visuales que parecen procedentes de cinematografías costeras o sureñas. La silueta de estas imágenes parece surgir de la visión de un objeto a plena luz, de una imagen grabada en la pupila. Son imágenes que tienen algo del encanto de la permanencia. Otras son características del sueño, del despertar de la siesta, del amanecer a la vuelta de la noche. Son hogares o viviendas sugerentes colgadas de un sueño personal, fantasmas del anhelo de hábitat.  En todas ellas los ojos son los protagonistas y, al mismo tiempo, sus imágenes parecerían estar envueltas en destellos oníricos, atrapadas en colores de paisajes futuristas confundiendo nuestra mirada entre la vegetación, el cemento y el horizonte, en un mestizaje arbitrado píxel a píxel. Un verdadero retorno de la técnica matemática al origen analógico, al ojo vivo del humano.

Y ésa es también la intervención de una mano que (como el ojo) da vida de nuevo a la unión entre píxeles, sentido a los esbozos de la imagen digital.  La artista pone piel a la urbanística, y da sensibilidad a la simple estructura de hormigón, en una probable apelación a una vida más orgánica, más humana. El proceso devuelve la imagen al origen de todo objeto.  Y su análisis, por tanto, no parece estar exento de una crítica a la especulación del suelo; de hecho algunas de sus viviendas están todavía en construcción, como maquetas de

arquitectura o viejos mecanos. Y otras parecen surgir de una siderurgia o de una fábrica, todavía incandescentes, como recién salidas del horno. Ninguna de estas viviendas parece a salvo de la crítica a nuestro modo de vivir, e incluso algunas parecen enrojecidas por un sol abrasador, como si surgieran del fondo de una pesadilla. 

 

Con su técnica de la devolución del objeto, Chus García-Frailenos entrega en esta ocasión una imagen depurada que parece penetrar en el tejido del ojo y de la sensación humana, más allá de la inversión simbólica de los objetos y muy cerca de la más profunda valoración antropológica y social. No en vano la vivienda es el objeto por antonomasia, el continente donde habitan todas nuestras ilusiones y expectativas

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